El automóvil, la manía de Ortega y Gasset

Mucho se habla y se opina sobre el automóvil, pero resulta especialmente interesante conocer las reflexiones de un intelectual de la talla de Ortega en un momento en que el esplendor comenzaba a rondar a muchos fabricantes del mundo de las cuatro ruedas y aquel invento que producía más ruido que movimiento había pasado a convertirse en un avance de verdad. Cuando el automóvil, en palabras de Ortega, empezaba a transformar “la realidad estática que es España en una cosa de movimiento.”

 A través de la página del Proyecto de Filosofía en español, www.filosofia.org, hemos tenido conocimiento de la entrevista que Ramón Gómez de la Serna realizó al eminente pensador español José Ortega y Gasset para un número de marzo de 1927 de La Gaceta Literaria.

El comienzo de la entrevista es absolutamente demoledor y deja clara la opinión del filósofo al respecto: “Lo primero que le diré a usted es que todo europeo tiene el deber de tener automóvil, y si no, justificar por qué no lo tiene.” No olvidemos que estamos en 1927, cuando en España poquísimos privilegiados podían disfrutar del transporte individualizado. Hoy en día, con las campañas a favor del transporte público y el automóvil demonizado, tal respuesta resultaría políticamente incorrecta. Pero casi peor es esta otra:

– ¿Qué es lo que le gusta pillar con su automóvil?

– Falsos intelectuales.

No ya la respuesta, sólo la pregunta hubiese provocado en nuestros días el cierre de la revista.

A pesar de lo mucho que ha evolucionado la técnica desde entonces, en aquel momento Ortega sólo echaba una cosa en falta en su coche: “A lo más de una cafetera… Es lo único que le falta al automóvil: unir el radiador, por ejemplo, a un aparato de hacer café. Hay paisajes cuya comprensión se lograría más estupendamente tomándose frente a ellos una taza de café caliente, recién hecho; nada de llevado en retestinados aparatos.”

En las palabras de Ortega vemos reflejada la realidad de una España que despertaba a la modernidad pero que aún no estaba preparada para el transporte por carretera, a través de detalles que, no obstante, han estado presentes en nuestro país hasta tiempos bastante recientes. La estrechez de los puentes es uno de ellos; él los califica como “el azoramiento del automovilista”, por ser de menor anchura que la carretera, lo cual puede encontrarse aún en muchos lugares de nuestra geografía. Otro es el pasar por en medio de los pueblos y disfrutar de sus plazas, placer que con el ferrocarril se perdía y del que ahora, con las autopistas y autovías, también nos priva el automóvil. O la percepción de las averías en carretera por parte de un neófito en el automovilismo: “Pues como yo creo que el automóvil es una cosa mágica y no mecánica, me paro como quien se desconcierta cuando una persona de la familia se ha puesto enferma… Dan ganas de rezar por que se ponga sano.” ¡No sabía Ortega cómo se adelantó a la sensación que los fallos de la electrónica en el automóvil dejan a los conductores del siglo XXI!

Pero dentro de esta descripción del momento, me quedo con la reflexión del filósofo sobre el cambio que la rapidez propia del auto provoca en la realidad de nuestras vidas: “Que lo efímero se ve llevado al extremo, porque todo es fugacidad en el automóvil, dando una impresión penosa, esa supresión total del esfuerzo con que enerva, pareciendo que se corre el riesgo de que comiencen a saber poco las cosas… También lleva el automóvil a una sensación de que son cortos los caminos y que en seguida se está en las costas… Si fueran demasiado largos sería perfecto el automóvil…” Sin duda, Ortega sabe ver este proceso de transformación y anunciar los tiempos de frenesí y constante cambio que se avecinan.

Para concluir, dejo esta respuesta de Ortega a la pregunta de si piensa bien mientras viaja en auto:

No pienso en nada… Yendo en auto no se entera uno ni del paisaje… El auto es la tangente dinámica… El auto se ha hecho para huir, para huir de todo.”